La falta de cumplimiento de normas por autoridades genera desconfianza en la ciudadanía

El alcalde de La Paz, César Dockweiler, se encuentra bajo un mandamiento de apremio debido a su presunto incumplimiento en el pago de Bs 82.179 en beneficios sociales a un antiguo trabajador del municipio. Esta resolución judicial se origina a raíz de un proceso iniciado por el extrabajador, y el apremio se mantendrá hasta que se cumpla con la obligación de pago.
Este caso cobra un significado especial en un contexto donde el propio Gobierno hace hincapié en la importancia de respetar las normas, cumplir con las obligaciones tributarias y ser transparentes en las declaraciones patrimoniales de quienes tienen cargos públicos.
La controversia se intensifica tras las declaraciones sobre el ministro de Economía, José Gabriel Espinoza, quien fue criticado por la compra de un vehículo Audi Q4, registrado por un valor de Bs 50.000, a pesar de que se estima que su precio de mercado es significativamente mayor. Otto Ritter, ex candidato, ha solicitado que se aclare esta operación, planteando dudas sobre el valor declarado, los impuestos y el proceso de importación del vehículo.
Espinoza defendió su compra, afirmando que adquirir un automóvil de lujo no es un delito y que el tributo debe calcularse sobre el valor real de la compra.
Frente a esta situación, surge una interrogante que va más allá de una persona o un vehículo: ¿Qué mensaje se envía a la ciudadanía si las autoridades pueden evadir o incumplir normas que se exigen a los ciudadanos?
El principio debería ser que, si un funcionario falsea su declaración de patrimonio, ¿todos pueden hacer lo mismo? Si él evade sus responsabilidades fiscales, ¿los demás deberían hacer lo mismo? La falta de cumplimiento de las normas por parte de las autoridades genera un problema de credibilidad que va más allá de lo económico o legal.
Este caso con Dockweiler subraya que las responsabilidades laborales y las sentencias judiciales son aplicables a todos, independientemente del cargo que ocupen. La obligación de pagar impuestos y la transparencia en las declaraciones patrimoniales deben ser universales y no depender del estatus o la influencia de una persona.
La sociedad no debería recibir el mensaje de que las reglas son estrictas para unos y flexibles para otros. Si quienes están en el poder no respetan las normas que ellos mismos establecen, se plantea un desafío mayor: la confianza de la población en sus autoridades.