Colchani: La tradición artesanal detrás de la sal que consumimos

Desde el amanecer, los productores de Colchani inician su jornada en el vasto paisaje del Salar de Uyuni. Con herramientas sencillas como una pala y una carretilla, dan inicio a la recolección de sal, que posteriormente será distribuida a hogares a lo largo de Bolivia.
El primer paso en esta labor consiste en extraer grandes bloques de sal del suelo salino. Luego, estos bloques se apilan formando montículos cónicos, donde son expuestos al ardiente sol del altiplano, permitiendo que el agua se evapore de manera natural.
Aunque el sol desempeña un papel crucial en el proceso de secado, esta etapa no concluye ahí. La sal, aún con humedad, es llevada a galpones y hornos artesanales que funcionan con leña, donde se retira el agua restante.
"Acumulamos la sal al aire libre para que el sol la seque. Si la lleváramos directamente al horno, consumiría mucho más combustible", comenta uno de los productores locales.
Una vez que la sal está completamente seca, se procede a la yodación, un paso crucial para la salud pública. Desde 1986, la inclusión de yodo es obligatoria en la sal para evitar deficiencias de este mineral, protegiendo así a la población de enfermedades como el bocio.
Después de la yodación, se muele la sal usando un molino mecánico que opera a gasolina, convirtiendo la sal gruesa en un producto de textura fina y uniforme. Finalmente, la sal se empaqueta en diferentes formatos, lista para su venta en diversas partes del país.
Este proceso artesanal no solo es una fuente de ingresos para muchas familias en Colchani, sino que también refleja una rica tradición que se ha mantenido a lo largo de los años, conectando a las generaciones pasadas con el presente y asegurando un producto esencial para la vida cotidiana en Bolivia.